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Decir NO y preguntar ¿POR QUÉ?… ¿Se lo permites…

―¿Por qué? ―pregunta un niño.

El adulto responde de inmediato y en forma tajante:

―Porque lo digo yo ¡y punto!

―No quiero comer ahora ―alega otro niño.

―¡Usted come cuando se le manda! ¡No me desafíes! ―vocifera la madre, en esos cambios de «usted» y «tú» que usan los padres cuando quieren enfatizar su talante autoritario. Leer más “Decir NO y preguntar ¿POR QUÉ?… ¿Se lo permites a tus hijos?”

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El duelo migratorio en adolescentes

Durante varios años tuve la oportunidad de tratar en Venezuela a adolescentes que me eran remitidos de colegios internacionales.
Casi todos ellos presentaban como motivo de referencia: bajo rendimiento académico, problemas de «rebeldía» y apatía general hacia todo lo que fuesen actividades programadas por la institución educativa.

Lo más llamativo era que ni los padres ni los maestros aludían a un fenómeno depresivo en los jóvenes que tenían a su cargo.

¿Por qué sucedía esto?

El motivo de aquel aparente descuido estaba en el hecho de que la depresión adolescente no se manifiesta con signos equivalentes a los de la adultez.
Dada la poca estructuración que tiene aún la personalidad en estas edades y en virtud de que los mecanismos de defensa para manejar la ansiedad no están bajo el control de la voluntad consciente, los rasgos depresivos aparecen en forma de conductas erráticas, actitudes agresivas o ―en casos más extremos― transformados en una indiferencia total hacia lo que es deseable por la sociedad.
El factor común que identificaba a los chicos que llegaban a mi consulta era un historial de cambios de residencia, ya fuera porque sus padres pertenecían a cuerpos diplomáticos o porque se trataba de empresarios que constantemente debían ser asignados por sus directivas a diferentes países.
Durante un tiempo dejé de atender adolescentes y casi me había desentendido del problema que causa la migración, hasta que en tiempos recientes se desató la estampida de familias enteras de venezolanos que se han marchado al exterior.
Ahora nuevamente me ha tocado mirar de cerca una vez más los rostros compungidos de muchos jóvenes que se sienten unos aliens solitarios y desapegados.
Escuchar a los padres actuales hablar de modo similar a como lo hacían aquellos extranjeros de los colegios internacionales renueva mi preocupación por el desconocimiento de padres y maestros sobre los procesos psicológicos que atraviesan los más jóvenes.

¿Por qué se deprimen los adolescentes que se ven empujados a cambiar de hábitat y adaptarse rápidamente a otros ambientes?

La razón principal del decaimiento que aqueja a los adolescentes emigrados es la pérdida de su «Yo colectivo»; es decir, de los Alter Egos formados a partir de la vinculación afectiva que establecen con sus iguales, una imagen que garantiza al menos por el momento, una identidad estable.
Si bien ya el tema de la identificación individual es un tema álgido en la edad que media entre la infancia y la adultez, la brusca separación implicada en una mudanza a veces no programada con antelación, se convierte en un golpe noble para la endeble estructura emocional que caracteriza a los adolescentes.
Lo que viene a complicar más el cuadro es la verticalidad autoritaria que suele haber dentro de un gran porcentaje de las familias tradicionales.
Un mandato formulado al estilo «aquí se hace lo que yo diga» somete al joven a aceptar el cambio que no desea, sin que se le solicite su opinión o se le prepare adecuadamente para que elabore la inminencia del duelo que se aproxima.
La reacción depresiva, entonces, es lógica y esperable, ¿ne es cierto?

¿Qué hacer con el adolescente deprimido por la migración?

En principio y, obviamente lo más deseable, sería transmitir la noticia del viaje con suficiente antelación y escuchar empáticamente la voz de las emociones que comienzan a revolverse.
Entender lo que ocurre en el interior de un alma que se estremece ante el miedo a lo desconocido o que sufre el pánico por la desintegración de su «Yo colectivo» y ofrecerle un oído paciente, es ya un gran paso hacia la pronta recuperación de la estabilidad emocional del joven.
De no ser posible un tiempo previo para el manejo de duelo, lo mejor es acompañar el proceso de cambio sin reproches por la resistencia que se pueda advertir en el comportamiento de los hijos y hacerles ver que lo inevitable se vive con menos ansiedad si se habla de ello con las personas allegadas.
Mostrarles que no están solos en su dolor y modelar una actitud orientada a superar los malestares, seguramente hará que ellos disminuyan sus aprensiones y aumenten su disposición a comunicar lo que sea que les esté preocupando.

En caso de que fallen estos mecanismos preventivos y la adaptación al nuevo ambiente social se vea perturbado por comportamientos extraños a lo que los padres están acostumbrados a observar, lo recomendable es solicitar asesoramiento especializado.
Desde luego, la estrategia menos efectiva es no darse cuenta del propio duelo y colocar en el adolescente el estigma del «problemático» al cual hay que atropellar con castigos o recriminaciones por no aprovechar las bendiciones divinas que los protegen de seguir viviendo en «una selva hostil».

En la adolescencia se forman los vínculos afectivos más intensos con aquellos que se nos parecen. Durante ese complejo e inolvidable período nos enamoramos con una pasión hasta entonces desconocida e irrepetible; nos alegramos como idiotas con pequeños detalles; nos emocionamos con ideologías estrambóticas; miramos al mundo como un plano en blanco sobre el que podemos dibujar lo que se nos antoje.
Derrumbar de un momento a otro aquel teatro emotivo que hemos levantado por encima de los miedos de la edad, la incertidumbre de la transición y las estrechas restricciones sociales ¿no tiene por fuerza que ser devastador.
La migración es, sin duda, un terremoto interno para quienes ya han superado los 20 años, ¿qué podemos esperar entonces, de quienes aún se debaten entre crecer o quedarse niños para siempre?
Si dejamos de mirar la superficie de la mente adolescente para etiquetarla como «trastornada» y fijamos nuestro foco de atención un poco más a fondo dentro de ella, hallaremos las claves que siempre nos da para que le ayudemos a salir de la espiral angustiosa en que se halla.

El resto lo hará el tratamiento específico que requiere, no solo el joven en particular sino la totalidad del grupo familiar y así el resultado será más positivo.

Un punto final de reflexión:
No es fácil emigrar como adulto, ¿lo será para aquellos seres humanos sensibles y vulnerables que todavía están a medio camino en la línea de ensamblaje?

Vamos a pensarlo juntos.

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La depresión y cómo se juega con ella

He meditado e investigado mucho antes de lanzarme a escribir sobre un tema espinoso en el cual pulula la irresponsabilidad y la facilidad de análisis.

Durante los más de 30 años que llevo tratando con personas que sufren de diversos tipos de conflictividad emocional, he visto cómo aquellos que caen en un cuadro depresivo se hallan envueltos en una maraña de tratamientos ―muchos de ellos improvisados o sujetos al azar― a menudo confirmadores de que en ocasiones «el remedio es peor que la enfermedad». Leer más “La depresión y cómo se juega con ella”

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Marte y Venus. ¿Mujeres contra hombres? ¡NMJ…!

Creo que nunca terminaré de entender  el esfuerzo que dedican algunos sectores de opinión a separar a los dos sexos en entidades muy distantes y hasta en posiciones violentamente antagónicas.

Esa energía, digna de mejores causas, casi siempre es orientada a reforzar una confrontación absurda, llena de intenciones muy particulares que solo acaban satisfaciendo a sus cultores, por razones que solo benefician a los conflictos que llevan dentro sin resolver. Leer más “Marte y Venus. ¿Mujeres contra hombres? ¡NMJ…!”

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¡Gloria a Dios en el cielo!… ¿y qué venía…

En tiempos de mi infancia y hasta comienzos de la adolescencia, solía entonarse no solo en las iglesias, sino en ciertos espacios de radio y televisión, un himno de nombre, Gloria in Excelsis Deo (Gloria a Dios en el cielo) el cual aludía a la proclama que los ángeles eligieron para el momento del nacimiento de Jesús.

Aquel texto inicial era seguido por una exhortación a que en la Tierra hubiera paz para los hombres de buena voluntad. Leer más “¡Gloria a Dios en el cielo!… ¿y qué venía después?”

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Dejemos que los niños sean niños

El consejo que titula este artículo se refiere, no solo al hecho de saludar en Navidad la llegada del Niño Jesús, Papá Noel, los Reyes Magos o Santa Claus ―según la tradición que usted siga―, sino que también es un llamado a respetar el sagrado derecho que tienen los menores a disfrutar de sus fantasías y gozar por el momento, de una ingenuidad que más adelante perderá indefectiblemente. Leer más “Dejemos que los niños sean niños”

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No quiero ser «todo el mundo»… ¿y tú?

Conocí a M. en 2002, cuando tenía 16 años. En aquellos días fue llevado a mi consulta por su madre con la preocupación de que no atendía a las clases, se aislaba de los demás compañeros y hablaba de una manera que sorprendía hasta a la familia misma.

La buena señora y varios de los profesores sospechaban que se estaba volviendo loco. Leer más “No quiero ser «todo el mundo»… ¿y tú?”

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«Sexo triste», la verdad que casi nadie confiesa.

Hace años, cuando en el Hospital de Niños J.M. de los Ríos dictaba charlas de información sexual para adolescentes, solía enviarles un mensaje que a los adultos presentes les parecía atrevido, pero que luego probó ser efectivo.

Siempre, cerca del final de las reuniones con diferentes grupos, les decía: Leer más “«Sexo triste», la verdad que casi nadie confiesa.”