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YO CONTRA MÍ

Zancadilla

Las caras de perplejidad más conmovedoras que he tenido ocasión de ver, tanto en mi consulta, como en la vida cotidiana, han sido de personas supuestamente enfiladas hacia el éxito o dispuestas a progresar, pero que fracasan luego de realizar sus mejores esfuerzos.

Las preguntas más frecuentes que surgen en sus consternados discursos son:

― ¿Qué ha pasado?, ¿Por qué no salieron las cosas como quería?, ¿No hice lo correcto?, ¿Estoy mal yo?… y así sucesivamente, un rosario de lamentaciones que casi nunca tienen respuesta.

De todas esas cuestiones, la última es la más cercana a lo que ocurre en realidad.

El mecanismo parece simple, aun cuando suele ser más complicado: Usted se fija una meta, calcula los “pros” y los “contras”, analiza riesgos y contingencias posibles, se lanza con toda determinación; pero la empresa falla. ¿Por qué? Pues, porque tal vez no se haya detenido a pensar que en el fondo de su inconsciente, hay un duendecillo que no aprueba el plan.

Si uno no toma en cuenta el proceso de autosabotaje que pone en marcha ese perverso enano, a quien no le gustan los cambios ―por buenos que parezcan― o si siente algo de culpa, porque con la mejoría de su estatus, ofende a otros o traiciona ciertos principios, lo más probable es que tropiece con sus propios pies, poco antes de cruzar la línea final.

¿Cómo hacer entonces?

No es sencilla la solución. Sin embargo, la regla de oro es, revisarse primero uno mismo y detectar cualquier signo de contradicción emocional en el plan.

Lo siguiente será evaluar el significado esencial de lograr lo que se haya propuesto, para neutralizar cualquier sentimiento adverso. (La culpabilidad, sobre todo, es el elemento más activo en el saboteo).

Y por último, actuar pacientemente, examinando cada paso y de ser necesario, cambiar la meta cuando sea evidente que no se podrá alcanzar.

Soportar la frustración y no creerse omnipotente, resultará mucho más económico y acertado que continuar pegándose cabezazos contra un muro de concreto.

Es bueno recordar que el éxito no es vencer las dificultades de afuera, sino hacer las paces con el duendecillo interno que sin duda, es parte de uno mismo.

Es decir que eso de “Yo, contra mí”, debería resolverse en un “Nosotros juntos” que conduzca a la salida más favorable.

Lo contrario… pues, ya sabemos cómo termina.

 

 

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EL AMOR Y EL PODER. ¿Una contradicción?

Power

“El amor es lo que al fin nos libera de nuestra obsesión por el poder”, le escuché decir al barítono catalán Ramón Gener al finalizar su documental sobre El Anillo del Nibelungo, de Richard Wagner.

La frase me impactó, no solo por la emoción que reflejaba el excelente conductor del programa en sus gestos y su voz, sino además porque la misma revela en profundidad una trágica condición humana.

Cualquier observación del comportamiento de aquellos que dedican su vida a ser aclamados y gobernar sobre sus semejantes, es suficiente para confirmar la sospecha: no se puede amar sinceramente a alguien, cuando lo que se ama es el poder.

De hecho, los escasos ejemplos de líderes políticos que conservan una pareja por cierto tiempo, muestran la incapacidad que tienen para establecer diferencias y terminan aplicando con ella, la misma norma de dominio que emplean en su ejercicio de gobierno.

¿Y qué decir de quienes no conciben una relación amorosa sin el absoluto control sobre la vida del otro?

Las personas inseguras, las despóticas y desde luego las celosas, saben de qué estamos hablando.

“Obsesión”, ha dicho el señor Gener, y ¡es cierto…! el ansia de poder es un trastorno obsesivo que lleva a anular cualquier vestigio de lo que es un verdadero amor, para transformarlo en una anomalía.

Quien ama con una emoción genuina no desea poseer ni dominar. El amor en su justa definición es respeto y el respeto es libertad. Por eso tal vez Wagner decidió dar aquella culminación a la epopeya de Wotan.

Tal vez por eso tantos, después de él, siguen sufriendo el tormento de vivir encadenados a una pasión malsana a la que llaman, amor.

Doy las gracias a estos músicos insignes, por apuntar nuestros ojos hacia la llave liberadora.

¿Cuántos habrán de utilizarla?

 

 

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¿SIN MIRAR ATRÁS?

Rear view

¿Cuántas frases supuestamente sabias, habrá por ahí recomendando “pasar la página” y “vivir el presente sin mirar atrás”, como las mejores vías para alcanzar la felicidad?

Aparte de la simpleza de pensamiento que da origen a semejantes consignas, la filosofía subyacente a ellas obvia el detalle de que el tiempo es un continuo que uno no puede desactivar así como así.

Más aún, en la mente humana ese factor (el tiempo), cambia sus dimensiones volviéndose más elástico y maleable que como se suele pensar en él.

Sin adentrarnos en una explicación tediosa y compleja, quedémonos exclusivamente con las tradicionales divisiones que usamos a diario para entenderlo: Presente, pasado y futuro.

Considerando que desde el momento en que comencé a escribir estas líneas hasta ahora, han transcurrido varios minutos, tenemos que el título por ejemplo, ya es un hecho del pasado y lo que estoy por teclear en mi ordenador, está en el futuro.

Pero si lo que escribí arriba ya no importa o sencillamente, tengo que olvidarme de eso… ¿cómo diablos planificaré lo que vendrá a continuación? ¿Y cuál coherencia tendría entonces la totalidad del texto, cuando decida poner el punto final?

Según los consejos que animan a favorecer solo el presente, sería un error ir al principio para revisar lo expuesto y da igual si comencé hablando de los perros calientes y concluyo haciendo una amplia referencia al tungsteno, como elemento clave en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Lamento contrariar a los sabihondos del New Age, pero de la misma forma como ocurre con cualquier acto de la vida, lo de hoy pronto estará en el pasado porque, como he dicho arriba, ¡el tiempo es continuo y no puede separarse del futuro!

Alex De Large (La naranja mecánica), es un testigo clásico de que el ayer nunca muere y por lo general, se presenta en el momento más inoportuno a entregar su factura.

Qué fácil sería olvidarnos de que hoy engañamos a un amigo, quebrantamos un convenio con el socio de la empresa o lesionamos físicamente a un vecino.

Solo resta un detalle… ¿lo olvidarán ellos? ¿Se conformarán con que les digamos: “No miren atrás”… “Vivan en el presente y sean felices?

Pues no sé… dejo a los cultores del “presentismo” su veredicto; lo que soy yo, seguiré cuidando mi mañana tratando de no hacer daño hoy.

A algunos nos gusta tener una póliza de tranquilidad en la conciencia.

 

 

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ALEGRÍA EN CADENA

ChildF. es una señora que consulta por un problema existencial.

En su vida real no hay razones para estar deprimida; pero en su historia pasada, sí existen ciertos acontecimientos que vienen de vez en cuando a atosigarla con reproches, temores y amenazas a su estabilidad emocional.

Ayer, escuchándola narrar una circunstancia de su adolescencia la cual suele  causarle dolor, quise aclarar más los hechos haciendo un parafraseo del discurso.

Al parecer mi estilo fue involuntariamente gracioso y como motivada por un acto de magia, una risa difícil de contener volvió tartamuda a F.

Luego de varios intentos por reanudar el relato, logró por fin calmarse y dar su explicación:

―Es que me has hecho reír ―dijo, todavía entre pequeñas erupciones que salían de sus labios― Y mientras quería hablar, fueron apareciendo en mi mente otras escenas de aquel tiempo, que se encadenaban y me daban más risa. ¿Será que la cosa no es tan grave?

Así, de pronto y sin que hubiera una formal intención terapéutica de mi parte, algo que hasta entonces había sido un evento pesado y recurrente, pasó a ser un poco más manejable.

He allí una clara muestra de cómo el cerebro humano, puesto a elegir entre el dolor y la alegría, siempre se decide por esta última emoción y lo mejor de todo, es que cuando se cambia la imagen penosa por una genuinamente alegre, a esta se asocian otras que conducen a un bienestar duradero.

Desde luego, no se trata de que el evento molesto se banalice o pueda disolverse en una risa incoherente. Lo que genera el cambio favorable, es la fortaleza que da el contacto con el fondo feliz que siempre está en nuestra personalidad y que tiende a reducir el impacto de lo triste.

Ayer, al despedirme de F., quedé de nuevo pensando en el don que tenemos de alegrarnos con una ingenuidad de niño y que a veces olvidamos por las “cosas serias” de la vida.

Con toda seguridad ella, de ahora en adelante, no lo olvidará.

 

 

 

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¡HAGA ALGO AL RESPECTO!

¿Cuántas vecAngeres al día se descubre usted rumiando maldiciones o pateando las paredes con impotencia, por las arbitrariedades de que ha sido víctima?

¿Con qué frecuencia termina trasegando pastillas antiácidas, para calmar los ardores causados por las actuaciones de un irresponsable a quien le importa tres cuernos la paz de los demás?

Y más aún, ¿qué tanto logra con desahogarse exponiendo sus quejas en las redes sociales, como no sea liberar un tanto la energía negativa que más tarde y sin dudarlo, volverá a regenerarse?

A pesar de lo que digan los gurús del New Age o las sublimes consignas poéticas que cada tanto aparecen por ahí para pedirnos calma y confianza en los designios del Universo, lo cierto es que apagando el fuego de nuestro enfado no pondremos el límite que necesitamos para sentirnos libres de atropellos y dueños de nuestro destino.

Mi experiencia, tanto a nivel personal como profesional, es que la rabia es una emoción tan válida como cualquier otra; pero hay que saberla usar. Agredir, ofender o comerse uno por dentro son las formas tradicionales de desperdiciar una fuerza que debería ayudarnos a transformar nuestra vida.

A eso nos han enseñado en casa y reforzado luego en una sociedad, que tampoco parece un dechado de sabiduría en el campo de las relaciones humanas. En cambio, canalizar los sentimientos rabiosos por vía de la racionalidad inteligente,  sí que puede darnos mejores resultados.

La consigna general vendría a ser entonces: Si algo le molesta, ¡haga algo al respecto!, pero con sensatez. Esto quiere decir que utilice su enojo para analizar las situaciones adversas e intentar acciones efectivas, en lugar de destruirse los puños golpeando paredes o vengar sus frustraciones pateando a un pobre perro callejero.

En caso de agotar todas sus posibilidades sin lograr modificación alguna en lo que le incomoda, ¡resígnese y aguante el chaparrón!  A lo mejor está pagando un karma ancestral o aprendiendo una lección que le mandan desde lo más alto de las estrellas.

De ser así, ¡alégrese!… en su próxima vida será una persona -o un animal- más feliz.

(¿Le produce rabia este tipo de recomendaciones? ¡Haga algo al respecto!).

 

 

 

 

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LO QUE SIENTEN LOS VENEZOLANOS EN EL EXTRANJERO

Se sabe que emigrar es una de esas crisis que generan duelos de intensidad variable, según sea la personalidad y las condiciones de cada cual. Por eso, no veo la necesidad de remarcar ese hecho como el tema central de mi escrito.

Lo novedoso en este caso es que se trata de venezolanos, dignos representantes de una sociedad que no tenía emigrantes en su registro mental, porque solo los había recibido en su seno y quienes nacían en Venezuela, eran poco aficionados a peregrinar, como no fuera a Isnotú o al santuario de la Virgen de Coromoto.

Los casos que he venido recibiendo en mi consulta online tienen desde luego la marca del duelo, pero con el añadido de una constante zozobra por lo que acontece cada día en el país que dejaron, la preocupación por las familias que quedaron allá y la visión prospectiva de sus reticencias, conscientes o inconscientes, a regresar.

Como es usual en los procesos de cambio, cuando estos obedecen a condiciones externas y no a una decisión del todo libre, las manifestaciones ansiosas de este grupo de personas a veces son inexpresables verbalmente y más bien se reflejan en episodios de rabia, depresión, sentimientos de inadecuación, tensiones en las parejas y otros síntomas de inestabilidad emocional.

Aun cuando algunas de las estrategias destinadas a superar las crisis puedan ser exitosas, también hay otras que solo empeoran la situación. Una cierta inclinación a la arrogancia, un sentimiento de superioridad ante la sociedad que les ha acogido o por el contrario, una actitud de minusvalía y una postura defensiva hacia los nativos a quienes prefiguran como potenciales enemigos, de los cuales hay que mantenerse a buena distancia, se cuentan entre estas últimas.

La pugna interna entre el deseo y la frustración, suele ser una constante en las problemáticas que se presentan como motivos de consulta. Lo que varía es la forma de manejar el comportamiento.

Sea cual sea la modalidad del trastorno, lo cierto es que al promedio de los venezolanos que emigran, no les va tan bien como quieren pensar quienes les aman o aquellos que desde lejos y sin conocer por lo que pasan sus connacionales, les acusan de cobardes y traidores.

Un poco más de empatía y una dosis de solidaridad, entre “los de allá y los de aquí”, sería un alivio. No obstante, la mayor fuente de tranquilidad sería la certeza de que en el futuro no habrá más esos dos tipos de venezolanos, sino un solo país que se queda “aquí” y que si algunos deciden irse para “allá”, siempre podrán volver a los brazos abiertos que les recibirán con una bienvenida sonriente en la cara.

¿Un sueño fantasioso? ¿Un simple acto de esperanza?, sí…  Tal vez sea lo único que nos queda.

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EL ODIO A LA MÚSICA Y LA TERAPIA DEL…

Viendo en estos días un magnífico programa español de nombre: This is opera, conducido por el barítono Ramón Gener, volví a reprocharme no haber tenido la seriedad para aprender a tocar un instrumento (el piano, por ejemplo).

No toco ni la puerta, pero canto algo y por supuesto, escucho música casi todo el tiempo que permanezco despierto. También dejo una melodía  antes de dormir, que me lleva a adentrarme en el país de los sueños.

Este preámbulo viene a cuento porque,  mirando el programa de Gener, recordé a una psicóloga supervisora que tuve en mis primeros años de carrera, quien una vez aseguró públicamente que odiaba la música.

El espanto de aquella afirmación, inmediatamente me hizo recelar de sus orientaciones y afinar mi análisis de su personalidad.

¿Odio?, ¿en palabras de una profesional que trata la mente humana? ¿Y hacia la música? ¡Uuf!… Aquello no podía ser sino una patología.

Como no encontraba nada en su conducta que sugiriera enfermedad, decidí acercarme más a ella. No era mala persona y en realidad nos llevábamos bien, pero lo de su “odio” seguía repicando en mis oídos.

Años después pude intervenir “terapéuticamente” en el asunto. Durante una celebración navideña en nuestro servicio, la induje a beber un poco más de lo que estaba acostumbrada.

Después de trasegar varias copas de vino, los ojos comenzaron a brillarle de un modo diferente. Aprovechando la presencia de un amigo que tocaba la guitarra y manipulando emocionalmente a la pre-ebria, la invité a cantar con él.

¡El espectáculo fue sensacional!  El dúo recibió los aplausos de los presentes y la alegría que había en el rostro de la supervisora la iluminaba por completo.

Al reanudar las labores, luego del Año Nuevo, aquella severa psicoanalista era otra persona.

Dijo haber pasado el breve período vacacional,  escuchando viejos discos que tenía en casa y bailando con la escoba (era divorciada). Me agradeció por  sacarla de la frialdad musical que llevaba por dentro, la cual había confundido con una emoción terrible como el odio. Estaba exultante. Confesó al final de la conversación, que hasta había considerado abrirle la puerta a un enamorado de la adolescencia que la llamaba de vez en cuando.

Aquel día, al despedirme de ella, surgió en mi cabeza una sentencia firme:

“Y bien… ya me he graduado de terapeuta. En mi próxima vida, seré músico”.

 

 

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BUENA Y MALA SUERTE. Mi artículo en Revista Dominical.

― ¡Es que estoy salado! ―fue la conclusión de mi paciente, luego de analizar todo lo mal que le había ido el año pasado y exponer sus fatídicos pronósticos para el actual, que apenas comenzaba.

Su relación de los hechos incluía un divorcio tormentoso, un choque que le devolvió a la condición de transeúnte por varios meses, una gripe crónica que no le abandonó durante la mayor parte del tiempo y dos o tres negocios que prometían buenos ingresos y que al final terminaron en nada.

―En cambio a mi hermano, todo le sale bien. ¡Ese sí que tiene suerte! ―cerraba con estas palabras su acongojado discurso.

Lo que dejaba de lado aquel hombre joven y talentoso por demás, era su papel protagónico en lo que le acontecía. El divorcio fue el resultado de una pésima escogencia de pareja; el estado de alteración emocional que se le produjo, le llevó a conducir en estado de embriaguez con lo cual destruyó su vehículo y además, tuvo que pagar los daños causados a la pared de un vecino; el virus de la gripe bailó de lo lindo con la baja de defensas motivada por la depresión y desde luego, en aquellas condiciones no había forma de tener éxito en los negocios.

En el lado opuesto, estaba su hermano. Un tipo optimista, meticuloso, poco dado a la bebida y con una pareja razonable que no le atormentaba con infidelidades. ¿Buena o mala suerte?…

― ¡Tonterías! ―fue mi respuesta. Muy pocas cosas dependen del azar. Lo que debes revisar es la forma cómo manejas tu destino. Si lo haces igual cómo conduces tu carro, mejor es que sigas de transeúnte.

Aceptar su responsabilidad le demostró que es muy fácil culpar a la suerte, pero resulta mucho más económico dejar que sea la inteligencia, en vez de la emoción, quien guíe el carro de la vida.

Y a usted, querido lector, ¿cómo le va en eso del tráfico?

 

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CÓMO ESCRIBIR CARTAS DE AMOR

En mis años adolescentes, las mujeres eran más inaccesibles que en la actualidad.

Dado que aún no había llegado el mensaje liberador que surgió a finales de los 70 y comienzo de los 80, a los amigos que me acompañaron en aquellos días de enamoramientos apasionados y a menudo frustrados por el poderoso NO de las chicas que se sabían bellas, nos tocaron tiempos duros.

Lo más temible  era confesar abiertamente  lo que uno sentía, corriendo el riesgo de ser rebotado hasta las nubes delante de quienes no iban a dudar un segundo en flagelar al pobre atrevido, con la burla más infame.

De modo, que el recurso de la carta de amor aparecía como una vía segura para sortear el grueso muro defensivo y salir en hombros a la gloria, en vez de arrastrarse penosamente hacia el cementerio emocional.

Pero, ¿quién a esa edad escribía tan bien como para conmover los cimientos de una diva afianzada en su  arrogante hermosura?

¡Pues, nadie…!, para eso estaba Héctor.

Héctor era un hombre feo, contrahecho, malencarado y poco dado a la conversación, que transitaba por las calles del barrio, apoyando una mano contra las paredes y mirando a su alrededor como si temiera un asalto.

A pesar de su mal aspecto y un carácter tan particular, por una módica suma era capaz de redactar misivas personalizadas que habían probado ser unos auténticos terremotos para los jóvenes corazones que las recibían.

Fueron muchos los enamorados que se gastaron su asignación mensual en una de aquellas fervientes declaraciones, dignas del mismísimo Cyrano de Bergerac.  Entre ellos, este servidor.

¡Sí, yo…! ¿Por qué no?…  Adelaida bien merecía privarme de ir al cine, la playa o lo que fuera. Pagué, entregué la carta y esperé.

Al día siguiente me llamó Adelaida.

― ¡Eeeehhhh…! ―grité el equivalente al actual Yes!, que tanto gusta a la gente y corrí a su casa.

Me extrañó ver su rostro frío, dibujando una sonrisa diagonal.  La carta colgando en su mano, no anunciaba nada bueno.

―La escribió Héctor, ¿verdad? ― dijo a manera de saludo.

No podía negarlo. Me miré los zapatos y asentí con la cabeza.

― ¿Cómo lo supiste? ―murmuré casi inaudiblemente.

―Porque mi hermano también le paga para que diga lo que él no se atreve. Las cartas de amor de los cobardes para mí valen menos que la estupidez de alguien que no me tenga miedo. Toma ―me entregó el papel― Cuando aprendas a escribir por ti mismo, hablamos de nuevo.

Demás está decir que no volví por aquellos lados.

Tiempo después le escribí a otra mi primera carta de amor. Llena de estupideces y mal escrita, pero con todo el corazón abierto y sin miedo.

Esta vez, la respuesta fue un suave beso que todavía en el recuerdo, sabe a gloria.

Por la noche, pasé al lado de Héctor que venía con su habitual gesto de indolencia y le solté:

―Te quedaste sin cobrar ―y seguí, cantando por lo bajo sin atender a unos insultos que se iban disolviendo en el aire.

La verdad, no hacían falta sus servicios… El amor sincero es valiente y escribe cartas a su propia manera.

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¿QUÉ ES LA FELICIDAD?

En tiempos cuando la gente parece no encontrar puertos donde anclar su desfalleciente esperanza, el tema de la “felicidad” sobrevuela alrededor de las dolientes cabezas como esos insectos que producen ruido y desesperación, sin que se puedan espantar con el solo movimiento de las manos.

―Pero, ¿por qué afirmar que la felicidad desespera, en lugar de aclamarla como la mayor de nuestras aspiraciones? ―se preguntará usted.

Por una simple razón, le respondo. Ser feliz,  no es algo que exista como un estado normal en la mente humana.

Independientemente de la resistencia que suelen presentar los aficionados a la poesía, los cuentos de hadas o la filosofía del New Age, lo cierto es que nadie ―hasta el momento actual―, ha podido dar una definición precisa y demostrable de lo que es la felicidad.

Y digo yo…  ¿cuál es la idea de pasarse la vida persiguiendo una meta que es tan fácil de encontrar como la famosa olla al final del arcoiris?

Tal vez, si en lugar de ronronear de gusto cuando les masajean la ilusión o apretar rabiosamente las mandíbulas cuando les toca enfrentar la realidad, más personas se dedicaran a manejar eficientemente sus emociones, habría poca necesidad de cuentos para engañarnos y mejores razones para pasárnosla bien en este mundo.

La eficiencia emocional en este caso, significa: molestarse por lo que haga falta y saber reaccionar a ello, evitando en lo posible la violencia; entristecerse ante las calamidades, los duelos o las contrariedades imposibles de superar; temer con razones lógicas, aceptando el miedo como medida de protección ante el peligro y por último… ¡alegrarse!…alegrarse con lo bueno de la vida, disfrutar de los afectos sinceros y reír espontáneamente, como muestra de la bondad interna.

Si a eso, usted lo quiere llamar “felicidad”, ¡adelante!, no hay nada que discutir.

Disfrute de contarse entre quienes se autocalifican como felices… y con razón.