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LOS CAMINOS HACIA LA FRUSTRACIÓN

FrustraciónSon muchas ―innumerables, diría yo―, las formas en que uno puede llegar a perder sus esfuerzos y esperanzas por alcanzar una meta deseable.

Es decir que, en pocas palabras, la frustración es uno de los destinos más concurridos por la mayoría de los seres humanos.

― ¿A qué se debe esto? ―preguntará el lector―. ¿No estarás exagerando?

La verdad es, que si existe un tema sobre el cual me he detenido a pensar e investigar, es este de por qué tantas personas viven atormentadas por el fantasma del fracaso y cómo por lo común, son ellas mismas las causantes de sus problemas para lograr el éxito.

El primer factor influyente para encaminarlo a uno hacia la frustración, es caerse a mentiras sobre lo que se puede hacer. Leer más “LOS CAMINOS HACIA LA FRUSTRACIÓN”

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“PORTARSE BIEN”, ¿es aburrido?

GatesEstoy de acuerdo en que, dicho de este modo, “portarse bien” suena a niño tonto, incapaz de rebelarse ni siquiera ante el peor de los atropellos; algo que indudablemente debe ser no solo aburrido sino además, justificativo de que al tonto del niño se le acomoden unos buenos coscorrones… ¡por idiota!

La verdad, es que no hallé mejor forma para expresar el verdadero sentido de este artículo. Me disculpo por ello.

A lo que quiero referirme es a ese tipo de comportamiento que no depende de los juicios externos, en términos de aprobación o desaprobación, sino que siguen un patrón saludable para obtener beneficios en lugar de incurrir en transgresiones con malas consecuencias. Leer más ““PORTARSE BIEN”, ¿es aburrido?”

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SI JUEGAS, PIERDES. SI NO, TAMBIÉN

crazy

  • ―Vamos a jugar. Yo pongo 50 y tú 100. Si yo gano, me quedo con tus 100 y si ganas tú, te quedas con mis 50; pero si no juegas, igual pierdes tus 50. Pierdes por
  • ―Si no te pones la camisa que te regalé, es porque no me quieres y si te la pones, es porque yo te lo he pedido, pero no porque en realidad me quieras.

He aquí, dos breves muestras de lo que en Psicología se denomina: Doble Vínculo.

El Doble Vínculo, es un mecanismo perverso de control en el cual se coloca a la víctima frente a dos alternativas, aparentemente válidas; pero contradictorias y viciadas por una definición previa de la situación. Leer más “SI JUEGAS, PIERDES. SI NO, TAMBIÉN”

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¿Sabes si sufres de anhedonia y cómo salir de…

Anhedonia

El diccionario médico-biológico, histórico y etimológico de la Universidad de Salamanca, define la anhedonia de la siguiente manera:

“Incapacidad para experimentar placer, asociada con pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades. Constituye uno de los síntomas o indicadores más claros de depresión”.

Las personas que padecen este trastorno lo describen como una sensación de estar totalmente “planas”. Todas las emociones conectadas a la alegría desaparecen y aun aquellas que usualmente se identifican con la tristeza, están en gran medida apagadas.

Cosas que antes producían motivación o estimulaban el interés, pierden su capacidad energizante y en general, todo pasa a ser como una comida insípida y para nada, placentera. Leer más “¿Sabes si sufres de anhedonia y cómo salir de ella?”

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¿CONFIAR O DESCONFIAR? Paranoia o precaución

CharlieHablando recientemente con un empresario amigo a punto de retirarse, luego de una muy exitosa carrera comercial, señaló un punto que llamó mi atención.

Comentando su prolongada trayectoria vital, dijo casualmente:

―Nunca he desconfiado sin razón, de nadie. En los negocios me resulta molesto pensar que el otro es un enemigo que me va a robar al primer descuido; en las tiendas, no acostumbro contar el vuelto que me dan; en los restaurantes, solo devuelvo algo que esté desabrido o descompuesto y en general, estoy dispuesto a creer que la gran mayoría de la gente tiene su lado bueno. Yo solo me acojo a esa parte y hasta ahora, a mis 73 años, me ha ido de lo mejor.

Como suele ser mi estilo de fastidioso investigador, me propuse averiguar si se trataba de uno de esos ingenuos fanáticos del New Age o si cargaba encima el talismán de San Cipriano; pero el señor insistió en convencerme de que nada de eso estaba en su repertorio. Él solo se arriesga porque está seguro de la buena calidad de la especie bípeda que gobierna el reino animal, entre la cual se cuenta. Leer más “¿CONFIAR O DESCONFIAR? Paranoia o precaución”

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EL CABALLO BLANCO o las emociones en la comunicación

White horse

Una vieja leyenda que contaban en mi casa, narra la historia de un hacendado de carácter muy atrabiliario, quien un día recibe una carta de su compadre Manuel y llega enfurecido donde la esposa para comentarla.

― ¡Mira Juana, lo que pone aquí el imbécil de Manuel! ―dice airado― ¡Compadre! Necesito urgentemente su caballo blanco y quiero que me lo mande con uno de los peones, en el término de la distancia.

¿Cómo cree este pendejo que me va a hablar así? ¡No le mando nada y por mí, que se vaya al carajo! ―concluye más airado de lo que ya estaba.

La señora, que tenía una forma de ser más apacible, responde: A ver, querido. Déjame leerla yo. Leer más “EL CABALLO BLANCO o las emociones en la comunicación”

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LAS CASCADAS DEL ÁVILA o por qué seguir siendo…

Waterfall

Un joven a quien atendía en consulta hace algunos años renegaba, con una mezcla de tristeza y rabia, de su condición de buena persona.

Para el momento, acababa de salir de una relación con una novia patológica, quien jugó con sus sentimientos hasta que un día decidió abandonarle por otro. Su justificación era que estaba aburrida y que le atraía más el aire de maldad y riesgo que aquel nuevo individuo le inspiraba.

Mi paciente quedó entonces marcado por la convicción de que la bondad no daba beneficios y que de allí en adelante se dedicaría a maltratar, engañar o manipular a quien le diera la gana.

Su conclusión era: “Si los malos salen ganando, pues malo seré”. Leer más “LAS CASCADAS DEL ÁVILA o por qué seguir siendo bueno”

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EL PODER DE ESTAR BIEN CON UNO MISMO

Happy Hobo

Ubaldo era un muchachón, tal vez comenzando los 20, quien servía de improvisado mecánico o factótum a cuanto uno se le pudiera ofrecer.

Si bien su trabajo era empírico y muchas veces se veía obligado a volver a “reparar la reparación” inicial, la gente lo seguía contratando por su grato don de gentes y la sonrisa con que acostumbraba recibir los reclamos.

Dado que no cobraba demasiado y que eventualmente la cosa se resolvía, todos le teníamos aprecio y no dudábamos en llamarlo cada vez que algo se descomponía.

Un día tuve la necesidad de sus servicios y un amigo común, me llevó hasta donde vivía. La sorpresa fue mayúscula al descubrir que Ubaldo tenía su habitación en una desvencijada casa de ladrillos y tablas, al lado de una quebrada putrefacta que crecía cada invierno, arrastrando las escasas pertenencias de quienes habitaban en sus orillas.

Al verme conmocionado por aquel espeluznante grado de pobreza, el joven de cara huesuda y alargada, dijo:

―Todo esto es un desastre; pero yo estoy bien conmigo mismo.

Ni mi amigo ni yo le creímos una palabra; pero respetamos su afirmación y cambiando el tema, lo trasladamos hasta el lugar en que iba a hacer su trabajo.

Años después lo encontré saliendo de la Universidad Central. Se veía limpio, bien vestido, más fuerte y como de costumbre, alegre. Me emocioné al pensar que había superado su condición paupérrima y cursaba una carrera en mi Alma Máter.

― ¡No, compañero! ―me dijo burlón― ¡Qué voy a estudiar yo, que soy más bruto que las iguanas! Estoy aquí, porque vengo a recoger al hijo de mi jefe. Soy chofer de aquel carro que está allá (apuntaba a un Mercedes Benz negro) y me mostró la llave, por si dudaba. Vivo en Valle Arriba, tengo casa, los “tres golpes” diarios, manejo esa nave y esa gente me trata de maravilla. Soy como el “perro gordo de la casa”,  imagínate que hasta me tienen abierto un fideicomiso, por si algún día quiero dejarlos. Nada de lo que tengo es mío, pero lo uso como si lo fuera. A mi jefe le encanta repetir el cuento de que me “adoptó”, porque se veía que yo me sentía bien conmigo mismo. Dice que en gente así, se puede confiar.

Lo vi alejarse en el lujoso automóvil, pensando en aquella verdad que me dejó en las manos: Quien se siente bien consigo mismo, hace sentir bien a los demás y en cierto modo ejerce un poder, que ya desearían otros más afortunados.

A veces, escuchando a quienes viven quejándose sin razón de supuestos infortunios, me pregunto: ¿Tan pocos habrá en el mundo, como el buen Ubaldo?

 

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YO CONTRA MÍ

Zancadilla

Las caras de perplejidad más conmovedoras que he tenido ocasión de ver, tanto en mi consulta, como en la vida cotidiana, han sido de personas supuestamente enfiladas hacia el éxito o dispuestas a progresar, pero que fracasan luego de realizar sus mejores esfuerzos.

Las preguntas más frecuentes que surgen en sus consternados discursos son:

― ¿Qué ha pasado?, ¿Por qué no salieron las cosas como quería?, ¿No hice lo correcto?, ¿Estoy mal yo?… y así sucesivamente, un rosario de lamentaciones que casi nunca tienen respuesta.

De todas esas cuestiones, la última es la más cercana a lo que ocurre en realidad.

El mecanismo parece simple, aun cuando suele ser más complicado: Usted se fija una meta, calcula los “pros” y los “contras”, analiza riesgos y contingencias posibles, se lanza con toda determinación; pero la empresa falla. ¿Por qué? Pues, porque tal vez no se haya detenido a pensar que en el fondo de su inconsciente, hay un duendecillo que no aprueba el plan.

Si uno no toma en cuenta el proceso de autosabotaje que pone en marcha ese perverso enano, a quien no le gustan los cambios ―por buenos que parezcan― o si siente algo de culpa, porque con la mejoría de su estatus, ofende a otros o traiciona ciertos principios, lo más probable es que tropiece con sus propios pies, poco antes de cruzar la línea final.

¿Cómo hacer entonces?

No es sencilla la solución. Sin embargo, la regla de oro es, revisarse primero uno mismo y detectar cualquier signo de contradicción emocional en el plan.

Lo siguiente será evaluar el significado esencial de lograr lo que se haya propuesto, para neutralizar cualquier sentimiento adverso. (La culpabilidad, sobre todo, es el elemento más activo en el saboteo).

Y por último, actuar pacientemente, examinando cada paso y de ser necesario, cambiar la meta cuando sea evidente que no se podrá alcanzar.

Soportar la frustración y no creerse omnipotente, resultará mucho más económico y acertado que continuar pegándose cabezazos contra un muro de concreto.

Es bueno recordar que el éxito no es vencer las dificultades de afuera, sino hacer las paces con el duendecillo interno que sin duda, es parte de uno mismo.

Es decir que eso de “Yo, contra mí”, debería resolverse en un “Nosotros juntos” que conduzca a la salida más favorable.

Lo contrario… pues, ya sabemos cómo termina.

 

 

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EL AMOR Y EL PODER. ¿Una contradicción?

Power

“El amor es lo que al fin nos libera de nuestra obsesión por el poder”, le escuché decir al barítono catalán Ramón Gener al finalizar su documental sobre El Anillo del Nibelungo, de Richard Wagner.

La frase me impactó, no solo por la emoción que reflejaba el excelente conductor del programa en sus gestos y su voz, sino además porque la misma revela en profundidad una trágica condición humana.

Cualquier observación del comportamiento de aquellos que dedican su vida a ser aclamados y gobernar sobre sus semejantes, es suficiente para confirmar la sospecha: no se puede amar sinceramente a alguien, cuando lo que se ama es el poder.

De hecho, los escasos ejemplos de líderes políticos que conservan una pareja por cierto tiempo, muestran la incapacidad que tienen para establecer diferencias y terminan aplicando con ella, la misma norma de dominio que emplean en su ejercicio de gobierno.

¿Y qué decir de quienes no conciben una relación amorosa sin el absoluto control sobre la vida del otro?

Las personas inseguras, las despóticas y desde luego las celosas, saben de qué estamos hablando.

“Obsesión”, ha dicho el señor Gener, y ¡es cierto…! el ansia de poder es un trastorno obsesivo que lleva a anular cualquier vestigio de lo que es un verdadero amor, para transformarlo en una anomalía.

Quien ama con una emoción genuina no desea poseer ni dominar. El amor en su justa definición es respeto y el respeto es libertad. Por eso tal vez Wagner decidió dar aquella culminación a la epopeya de Wotan.

Tal vez por eso tantos, después de él, siguen sufriendo el tormento de vivir encadenados a una pasión malsana a la que llaman, amor.

Doy las gracias a estos músicos insignes, por apuntar nuestros ojos hacia la llave liberadora.

¿Cuántos habrán de utilizarla?