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Los “paparazzi” del abandono

Los “paparazzi” del abandonoLas separaciones amorosas no solo son motivo de un lógico dolor psíquico, sino que también pueden dar origen a una completa remoción de conflictos inter e intrapersonales los cuales a veces pueden estimular capacidades malsanas en quienes los padecen.

En tiempos recientes, he podido constatar cómo a muchas personas de las que se sienten abandonadas por su pareja – o que quedaron con ciertos resentimientos porque aquella no parecía estarla pasando nada mal después de la partida -, les cuesta muchísimo trabajo librarse definitivamente de las pesadas cadenas que les produce el duelo y se mantienen en un plan de seguimiento y observación del otro, esperando a que en algún momento caiga del podio de los ganadores.

Los deseos de que el abandonante sufra, por lo común son animados por una vana esperanza reivindicativa. Aquel que ha quedado resentido por la ruptura, en este caso se mueve entre dos polos ilusoriamente positivos: Por un lado, espera que si al causante de su pena las cosas no le salen bien, eventualmente se dé cuenta de su error y regrese arrepentido (a) a reanudar la relación. Y por el otro, apuesta a que si le va mal, pero igual se mantiene distante, al menos le dará satisfacción verlo (a) expiar las culpas que debería sentir, por el horrible malestar que su ausencia ha generado.

Naturalmente, para tener constancia de la “vida de cuadritos” que lleva el objeto de su afán, debe seguirlo permanentemente, no perder el contacto, saber de sus andanzas, con quién se reúne, qué sitios frecuenta, a quién persigue, quién le acepta y quién le rechaza.

Es decir, que este pobre ser, anonadado por profundos sentimientos de carencia emocional y una muy baja autoestima, vive como asomado furtivamente por la ventana de la casa ajena, chequeando los pasos que da su amante perdido (a) a la espera de que ocurra un traspiés que a él (ella) le devuelva una paz espiritual a la cual, en el fondo, no se siente con derecho.

Desde luego que mejor le iría si cerrara el ciclo del dolor, viviera sanamente el duelo y sacara un aprendizaje de la experiencia, como para rehacer su mundo emotivo y estar en condiciones de unirse a otra persona que le quiera como se lo merece.

Pero, ¿Quién convence de su error a alguien que ya se ha vuelto un patético paparazzo husmeador de las redes sociales, investigador (a) a tiempo completo, como Sherlock Holmes, hasta del último cabello que cae de la adorada y huidiza cabeza; y que carece de la vergüenza necesaria como para no ocultar su presencia, convirtiéndose en el hazmerreír, no solo de sus amistades, sino además del mismo personaje a quien deseaban recuperar?

Queda comprobado que un ego herido y la ausencia de una autoimagen favorable, son tapones muy eficientes para los oídos… aun cuando agudizan muy bien la vista.

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¿Qué pasa conmigo?

AngustiaHe escuchado una pregunta como la que encabeza este artículo, no  solo muchas veces, sino también en boca de personas que por  ningún concepto uno identificaría como perdedores o fracasados.

¿Qué pasa conmigo, que no termino de tener éxito? ¿Qué pasa conmigo, que no consigo la pareja que busco? ¿Qué pasa conmigo, que por más que estudie, me esfuerce o cambie de estrategias siempre termino en un callejón sin salida?

Más o menos así, se formulan las quejas de hombres y mujeres que han pasado los 30 años y sienten que ya la suerte les está dando la espalda o que son víctimas de algún maleficio que les impide progresar en sus planes y alcanzar la realización que creen merecer.

En su gran mayoría, han tratado de copiar tácticas que a otros les han resultado útiles, pero que a ellos no les han dado más que dolores de cabeza y un escalamiento de las preocupaciones que antes tenían.

¿Qué pasa en realidad con este tipo de personas? ¿Estarán bajo el influjo de una maldición, como a veces parecen creer o les faltará mirar un poco más allá del horizonte que se han fijado como espacio para su análisis?

Haciendo la salvedad de que existen casos individuales y no puede meterse en un mismo saco a toda la Humanidad, lo que generalmente sucede con esos individuos, es que han esquematizado su pensamiento dentro de canales muy rígidos para definir lo que son sus metas, los medios para alcanzarlas y sus posibilidades reales de lograrlo.

Uno de los errores más frecuentes es ponerse objetivos excesivamente elevados, asumiendo que de ese modo se demuestra una alta autoestima. En tales casos, sucumben a la misma frustración que debe sentir un gato casero, que quiere imitar a sus parientes africanos en la cacería de una gacela. Por más que corra o afile sus garras, no podrá comer bistec para la cena, a menos que se lo sirvan en un restaurante.

El reconocimiento de las propias limitaciones sería una mejor posibilidad de éxito, porque permite fijarse metas realistas, aun cuando luego se puedan ampliar con nuevos aprendizajes. (Un ratón igualmente casero, por ejemplo y luego, al estar bien alimentado,  aspirar a una rata de mayor tamaño).

Otro factor que influye en el fracaso, es el autosabotaje. Es decir, los elementos de la propia personalidad que actúan silenciosamente para producir las zancadillas que se hace uno mismo, impidiendo así la realización de los planes.

¿Qué quiere decir esto? Pues que en ciertas personas, existen elementos conflictivos relacionados al éxito, el cual – por razones dinámicas muy complejas – les produce sentimientos de culpa.

Cuando ellas actúan tratando de alcanzar sus metas, cometen pequeños errores de los cuales a veces ni se dan cuenta. Para su mente consciente, han hecho lo correcto y su mejor esfuerzo; pero un examen posterior o más acucioso de sus acciones, revela que en ciertos puntos clave de su desempeño, se han perjudicado a sí mismos.

No hay entonces, efectos de la magia, ni maleficios, ni nada que se le parezca. Lo que existe son conflictos internos que deben ser resueltos.

Mi consejo a quien se pregunta ¿Qué pasa conmigo?, es que se dedique a trabajar sus metas, haciéndolas realizables (esto es, que estén dentro de la realidad); que reconozca sus límites, tratando de superarlos en lo posible y que esté alerta sobre los más mínimos detalles de su conducta para evitar el autosabotaje.

Con esto, al menos tendrá la seguridad de que lo que le pasa está bajo su control y no en manos de los arcanos del Universo y que en esa medida, podrá o no modificarlo.

La verdad de todo, es que el cielo no es el límite. La realidad interna, sí lo es.