I have a dream. Con esta frase el Rev. Martin Luther King, construyó un discurso que poco a poco se fue hilando hasta galvanizar a un pueblo que por cientos de años había permanecido en la más abyecta sumisión y al cual no se le reconocían en su país natal, ni siquiera los derechos más básicos de un ser humano.
Un sueño es lo que muchas veces guía a los grandes hombres y a las grandes mujeres, hacia logros que para otros parecen inalcanzables.
El Rev. King nació en un ambiente en el cual soñar podía ser tan peligroso como mirar de reojo a un policía blanco. Venía de una dinastía de pastores bautistas a quienes también se les había prohibido imaginar la libertad y tal vez por eso, se refugiaban en la esperanza de un mundo más allá de la vida, en el cual pensar no fuera un delito castigable con la prisión o con la muerte.
Pero tal vez en una edad temprana, Martin (originalmente de nombre Michael), entendió que el sermón dominical de su padre y antes de él su abuelo, abundaba en limitaciones a la imaginación y fue ante ellos donde exhibió su primera rebelión.
Era preciso que un sueño se afincara en su mente juvenil para proveerle de la fuerza espiritual que le llevaría luego a su más grande empresa: la liberación de su raza.
Es en los años de la juventud cuando la personalidad busca la independencia a través de la rebeldía y en su tiempo, la única posibilidad que tenía un negro de considerar tal cosa era a través de la música o la vida criminal de las calles.
Cabe especular que el Martin adolescente era un agudo observador, poseedor de una mente capaz de analizar muchos más detalles del ambiente que sus coetáneos y por ello detectó las grietas en el sistema que le llevarían a tratar de conseguir su sueño.
Montgomery, Alabama fue el terreno sobre el cual vino a ponerse en la práctica semejante “locura” y 1954 puede fijarse como la fecha de inicio de las grandes marchas (se estima que sumarlas todas daría cerca de seis millones de millas) que llevaron a las comunidades negras de USA a transgredir leyes absurdas, a enfrentar pacíficamente a la cárcel, a la persecución, al maltrato y finalmente a la muerte.
En 1964, el entonces presidente Lyndon B. Johnson, apoyó frente al congreso norteamericano la abolición de las leyes segregacionistas, utilizando como corolario de su argumentación el nombre de un viejo himno religioso que había servido de inspiración al movimiento de King, We shall overcome.
¿Qué nos deja la vida y muerte de Martin Luther King a quienes pensamos con libertad y deseamos que todo el resto de la humanidad pueda hacerlo?
¿Cuál es la huella que ha quedado después de aquel oprobioso 4 de Abril de 1968, en Memphis cuando una bala traicionera se llevó al hombre que había visto realizado su sueño?
King no odiaba a sus enemigos y enseñaba a sus seguidores que el odio solo les haría miserables. Identificaba a sus adversarios como prisioneros de mentes esclavizadas por el fanatismo y les ofrecía liberarlos a ellos también.
El recto pastor, guió a su gente de la misma forma que él había seguido a Ghandi en su activismo por la desobediencia civil y la no violencia. Pero les hacía énfasis en que la victoria sólo era posible si marchaban unidos, si rezaban con fe y con el deseo de actuar para alcanzar sus metas.
El guía no se quedaba escondido en la comodidad de su fama sino que, como Ghandi, ponía el pecho para recibir puñaladas (fue acuchillado en una oportunidad), las manos para ajustarse las esposas y el cuello para que le descerrajaran un disparo asesino.
La huella de Martin Luther King está ahí para quienes creen en la vida, en la libertad y en la elevación del espíritu. Puede seguirse tanto en una campaña política, como en cualquier otro proceso de liberación que un individuo o una población quiera emprender.
Aquellos que llegaron a la cima que él les marcó, nunca dudaron que iba a ser difícil el camino, pero tampoco tuvieron dudas en que algún día verían el valle de libertad que el guía les había prometido.
Martin Luther y sus acompañantes, nos enseñan cada día que la rebeldía contra lo que nos oprime no es solo una opción. Es también un deber.
El reverendo King tuvo un sueño y como bien dijo una vez:
“Se puede matar al soñador, pero jamás y de ninguna manera, se puede matar al sueño”.


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