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EL AMOR Y EL PODER. ¿Una contradicción?

Power

“El amor es lo que al fin nos libera de nuestra obsesión por el poder”, le escuché decir al barítono catalán Ramón Gener al finalizar su documental sobre El Anillo del Nibelungo, de Richard Wagner.

La frase me impactó, no solo por la emoción que reflejaba el excelente conductor del programa en sus gestos y su voz, sino además porque la misma revela en profundidad una trágica condición humana.

Cualquier observación del comportamiento de aquellos que dedican su vida a ser aclamados y gobernar sobre sus semejantes, es suficiente para confirmar la sospecha: no se puede amar sinceramente a alguien, cuando lo que se ama es el poder.

De hecho, los escasos ejemplos de líderes políticos que conservan una pareja por cierto tiempo, muestran la incapacidad que tienen para establecer diferencias y terminan aplicando con ella, la misma norma de dominio que emplean en su ejercicio de gobierno.

¿Y qué decir de quienes no conciben una relación amorosa sin el absoluto control sobre la vida del otro?

Las personas inseguras, las despóticas y desde luego las celosas, saben de qué estamos hablando.

“Obsesión”, ha dicho el señor Gener, y ¡es cierto…! el ansia de poder es un trastorno obsesivo que lleva a anular cualquier vestigio de lo que es un verdadero amor, para transformarlo en una anomalía.

Quien ama con una emoción genuina no desea poseer ni dominar. El amor en su justa definición es respeto y el respeto es libertad. Por eso tal vez Wagner decidió dar aquella culminación a la epopeya de Wotan.

Tal vez por eso tantos, después de él, siguen sufriendo el tormento de vivir encadenados a una pasión malsana a la que llaman, amor.

Doy las gracias a estos músicos insignes, por apuntar nuestros ojos hacia la llave liberadora.

¿Cuántos habrán de utilizarla?

 

 

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CÓMO ESCRIBIR CARTAS DE AMOR

En mis años adolescentes, las mujeres eran más inaccesibles que en la actualidad.

Dado que aún no había llegado el mensaje liberador que surgió a finales de los 70 y comienzo de los 80, a los amigos que me acompañaron en aquellos días de enamoramientos apasionados y a menudo frustrados por el poderoso NO de las chicas que se sabían bellas, nos tocaron tiempos duros.

Lo más temible  era confesar abiertamente  lo que uno sentía, corriendo el riesgo de ser rebotado hasta las nubes delante de quienes no iban a dudar un segundo en flagelar al pobre atrevido, con la burla más infame.

De modo, que el recurso de la carta de amor aparecía como una vía segura para sortear el grueso muro defensivo y salir en hombros a la gloria, en vez de arrastrarse penosamente hacia el cementerio emocional.

Pero, ¿quién a esa edad escribía tan bien como para conmover los cimientos de una diva afianzada en su  arrogante hermosura?

¡Pues, nadie…!, para eso estaba Héctor.

Héctor era un hombre feo, contrahecho, malencarado y poco dado a la conversación, que transitaba por las calles del barrio, apoyando una mano contra las paredes y mirando a su alrededor como si temiera un asalto.

A pesar de su mal aspecto y un carácter tan particular, por una módica suma era capaz de redactar misivas personalizadas que habían probado ser unos auténticos terremotos para los jóvenes corazones que las recibían.

Fueron muchos los enamorados que se gastaron su asignación mensual en una de aquellas fervientes declaraciones, dignas del mismísimo Cyrano de Bergerac.  Entre ellos, este servidor.

¡Sí, yo…! ¿Por qué no?…  Adelaida bien merecía privarme de ir al cine, la playa o lo que fuera. Pagué, entregué la carta y esperé.

Al día siguiente me llamó Adelaida.

― ¡Eeeehhhh…! ―grité el equivalente al actual Yes!, que tanto gusta a la gente y corrí a su casa.

Me extrañó ver su rostro frío, dibujando una sonrisa diagonal.  La carta colgando en su mano, no anunciaba nada bueno.

―La escribió Héctor, ¿verdad? ― dijo a manera de saludo.

No podía negarlo. Me miré los zapatos y asentí con la cabeza.

― ¿Cómo lo supiste? ―murmuré casi inaudiblemente.

―Porque mi hermano también le paga para que diga lo que él no se atreve. Las cartas de amor de los cobardes para mí valen menos que la estupidez de alguien que no me tenga miedo. Toma ―me entregó el papel― Cuando aprendas a escribir por ti mismo, hablamos de nuevo.

Demás está decir que no volví por aquellos lados.

Tiempo después le escribí a otra mi primera carta de amor. Llena de estupideces y mal escrita, pero con todo el corazón abierto y sin miedo.

Esta vez, la respuesta fue un suave beso que todavía en el recuerdo, sabe a gloria.

Por la noche, pasé al lado de Héctor que venía con su habitual gesto de indolencia y le solté:

―Te quedaste sin cobrar ―y seguí, cantando por lo bajo sin atender a unos insultos que se iban disolviendo en el aire.

La verdad, no hacían falta sus servicios… El amor sincero es valiente y escribe cartas a su propia manera.

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¿AMOR, RESPETO O MIEDO?

Child

  Cada vez que escucho hablar a alguien sobre cómo en el pasado se imponía a los niños  el respeto con una sola mirada fija y amenazante, un escalofrío me recorre el cuerpo.

Nunca podré entender por qué se llegó a confundir al miedo con el respeto, pero el caso es que así ha sido desde tiempos inmemoriales y lo peor es que en este “evolucionado” siglo XXI,  todavía se siga acudiendo nostálgicamente a semejante aberración.

La verdadera esencia de aquella práctica intimidatoria, era la afirmación en el niño de su inferioridad y del estado de sumisión en que se encontraba ante la voluntad de un adulto quien, recurriendo al miedo, intentaba ocultar su incapacidad para transmitir amor. Leer más “¿AMOR, RESPETO O MIEDO?”