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El duelo migratorio en adolescentes

Durante varios años tuve la oportunidad de tratar en Venezuela a adolescentes que me eran remitidos de colegios internacionales.
Casi todos ellos presentaban como motivo de referencia: bajo rendimiento académico, problemas de «rebeldía» y apatía general hacia todo lo que fuesen actividades programadas por la institución educativa.

Lo más llamativo era que ni los padres ni los maestros aludían a un fenómeno depresivo en los jóvenes que tenían a su cargo. Leer más «El duelo migratorio en adolescentes»

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Emigrados venezolanos. Entre el duelo y los mecanismos de…

En lo que llevo de vida, me ha tocado dos veces vivir fuera de mi país natal: la primera, durante un curso de postgrado en Norteamérica y la segunda, como un emigrado «involuntario» en España, ya por tres años y algo más.

Dado que, tanto mi estructura de personalidad como mi formación profesional me obligan a observar con detenimiento, analizar y sacar conclusiones, me ha sido imposible evitar la revisión del escenario mental en que se mueven muchos de mis compatriotas quienes, al igual que yo, se encuentran alejados de su hábitat natural.

Algunos trabajos realizados estudiando la conducta de los refugiados que llegaron a los Estados Unidos a principios del Siglo XX, demostraron en la mayoría de ellos, la existencia de un duelo manifiesto o latente, según como fuera la condición particular de cada individuo.

Por ejemplo, aquellos que llegaban jóvenes y sin familia a ver cómo se las arreglaban para sobrevivir, eran más proclives a ocultar la sensación de pérdida e incurrir en actos antisociales. Esto, cuando no caían en un franco estado depresivo que les impulsaba a embarcarse de nuevo para regresar al puerto de donde habían salido.

En cambio, los que iban acompañados por amigos o familiares eran más resistentes al dolor psíquico producido por el desarraigo y a la larga, probaron ser más adaptables al nuevo medio social.

Al parecer, las angustias compartidas entre quienes mantenían fuertes lazos afectivos eran más manejables.

Como ocurre con todos los cuadros caracterizados por la ansiedad, el sistema de protección psicológica debe apelar a mecanismos de defensa que ayuden al menos a mantener un nivel de funcionamiento adecuado.

La negación, las tendencias actuadoras (antisociales o no), las reacciones de arrogancia, el consumo alcohólico o de drogas y la creación de conflictos con otras personas, están entre los medios más frecuentes con que el emigrado en problemas intenta restablecer su equilibrio emocional.

Mi observación de la conducta que exhiben los venezolanos en España, coincide con muchos de los criterios expuestos por los investigadores americanos.

A estos deben añadirse los efectos de la idiosincrasia que se ha venido desarrollando a lo largo del tiempo en el país de origen, los factores políticos favorables o adversos al gobierno que han dejado atrás y la visión de «no-regreso» que matiza el cuadro de quienes siguen luchando por salir adelante en la nación de acogida.

Aquí he visto personas deprimidas que no reconocen su malestar interno y se debaten por lucir alegres; parejas que se separan por la aparición de conflictos que antes no habían sido detectados y rivalidades envidiosas que se disimulan con razones aparentemente lógicas.

Desde luego, los hay que se han acoplado perfectamente al ambiente y llevan una vida de gran normalidad. El mayor porcentaje, vale decir.

Pero esto no significa que ellos hayan tenido una cama confortable y unos brazos abiertos de par en par dispuestos a recibirlos.

Los primeros tiempos son difíciles y los recursos internos deben ser mejores que apelar a un grueso repertorio de mecanismos defensivos.

La regla de oro para el avance es, en primer lugar: Aceptar la tristeza inicial y confrontarla sin tratar de evadirla o proyectarla en los demás.

Después, mirar al entorno con realismo y evaluar el tamaño del compromiso que se tiene delante.

Por último, reconocer las limitaciones con humildad, apoyarse en las personas más cercanas o confiables y evitar que las contrariedades den al traste con el proyecto de futuro.

Claro está, que es preciso tener plena consciencia de la situación interna y solicitar la ayuda que sea necesaria, en caso de que sea muy complicado recuperar el balance.

Ya lo ven quienes juzgan desde lejos a los emigrados como gente que baila, canta y goza de un envidiable estatus socioeconómico.

Quien vive de tal manera ―con salvadas excepciones―, se lo ha tenido que ganar en una sudorosa lucha contra los elementos adversos, propios o ajenos.

Quedan muchos todavía en proceso de sobrevivir, pero siguen combatiendo.

Nunca ha sido más acertado el refrán que dice: «No es oro todo lo que brilla».